El baño de los patos.



Caminaban el Maestro y Sergei cerca del río contemplando los ánades que se bañaban al atardecer. El Maestro estaba arrebatado ante tanta belleza, elegancia y armonía. Los últimos rayos de sol arrancaban destellos irisados en las plumas azulonas, blancas y verdes de las anátidas que se acicalaban para entregarse al sueño.
- Sergei, - le dijo, - así nos debemos preparar para emprender el gran viaje que se inicia con un profundo sueño.
- ¿No temes a la muerte, Maestro?
- ¿Acaso temes tú, Sergei amigo, a la vida que tenías antes de nacer?
- Ni siquiera la recuerdo, ¿cómo voy a temerla o a echarla de menos?
- Así es la muerte que tantos temen. Te voy a contar una historia.
- Mucho te gusta contar cuentos, Maestro, y a tus verdaderos discípulos escucharlos.
- ¿Por qué introduces ese matiz de “verdaderos”, joven pícaro? -, preguntó sonriendo el Maestro.
- Tú lo sabes, Venerable Señor, y sé que, a veces, te hacen sufrir.
- No soy yo el que llora en su corazón, ¡es mi cuerpo! Y tiene sus derechos, Sergei. ¡Aviados estaríamos si fuéramos insensibles!
- Dime, y perdona mi atrevimiento, Roca Impasible, ¿cómo puedes disfrutar tanto en tu jardín, entusiasmarte con un alcorque bien cuidado o extasiarte ante el baño de los patos, mientras tu corazón ha sido golpeado?
El Maestro sonrió, frunció los labios en un gesto característico y, agarrando a Sergei por el brazo, le dijo:
- Un poderoso monarca tenía un ministro al que respetaba por su sabiduría. Pero un día, mientras el soberano cortaba una fruta, se rebanó el dedo de una mano y gritó lamentándose. Su primer ministro le dijo con gran serenidad, mientras lo atendía: “Será para bien, Majestad”.
El rey se dejó llevar por la cólera y mandó encarcelar al ministro. Éste se inclinó con respeto y dijo con voz baja: “Será para bien”. Pasaron los meses y un ejército enemigo conquistó el reino. El monarca invasor mandó sacrificar al rey vencido, pero los sacerdotes no pudieron hacerlo porque le faltaba un dedo y el ritual no permitía ofrecer víctimas imperfectas.
- “¡Pues que sacrifiquen al primer ministro!”, ordenó.
- Pero como el ministro estaba en prisión, -intervino Sergei-, no pudieron encontrarlo.
- Eso es, - prosiguió el Maestro-. Pero sucedió que fuerzas leales, capitaneadas por el hijo del rey, reconquistaron el reino. Entonces, éste se dio cuenta de la sabiduría del ministro que había enviado a prisión y le pidió que volviera a ocupar su puesto. A lo que éste, con toda humildad y decisión, respondió:
- “Es todo tan contingente, Majestad, tan contradictorio e inestable, que he decidido dedicarme a cuidar mi pequeño jardín mientras practico la meditación y la serenidad para vivir en paz y poder prepararme para el gran viaje”
- ¿Lo has comprendido, ¿verdad Sergei?
- Bueno, Maestro, estoy algo confuso porque yo, en este caso que te aflige, hubiera invertido los papeles pero no soy yo quien inventa los cuentos.
- No, Sergei querido, yo no los invento, tan sólo cuento los que ya existen, y los dejo brotar como el agua que busca su camino.


Me debes algo...

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